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Valledupar,
De San Juan del Cesar:
La Sierrita, una joya Colonial olvidada (I)

Por José Maria Crespo Plata

El bello pueblito colonial de La Sierrita está enclavado sobre las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, en la parte Oriental del macizo; su clima es de una eterna primavera; su paisaje encantador, recetado para temperar, sobre los 600 metros de altura sobre el nivel del mar, hoy convertido en un simple caserío olvidado del municipio de San Juan del Cesar, a orillas del río Cesar el más cercano de su nacimiento, donde descienden sus aguas cristalinas y bulliciosas de las altas cumbre del macizo serrano.

Iglesia de ‘Nuestra Señora del Rosario’ de La Sierrita

El padre Rafael Celedón Ariza en 1876 cuando visitó a La Sierrita la describió así: “El pueblo del Rosario, graciosamente engastado entre cuatro colinas que ocupan sus cuatro puntos cardinales, dejando abiertas otras tantas sendas por sus ángulos que dan entrada a aquel encantador vergel. Dos arroyuelos y el río Cesar, enguirnaldados de laureles, guayabos, limoneros y pacaes, lo ciñen por tres lados…”

Para la historia La Sierrita fue un pueblo floreciente elegido por la Misión Capuchina durante la colonia para la fundación de la parroquia Nuestra Señora del Rosario en 1740, según la historiadora Marta Herrera Ángel, asentada en una estratégica hoyada circundada de cerros en semicírculo orientado de Este a Oeste, que se ascendía a ella en la época por un difícil camino de herradura, donde se demuestra la manera cómo los nativos (sanka o wiwa) buscaban la protección de la madre naturaleza, orientando siempre su huida hacia la cumbre del majestuoso nevado, a manera de asimilar el ejemplar escarmiento que dejara en la mente de los nativos, a su paso por esta comarca, el carnicero alemán Ambrioso Alfinger, cuya hazaña fatídica de aplicar el exterminio contra los jefes de las tribus asentada en el Valle de Upar, motivó su estampida hacia las parte altas de la sierra y con ello atizó el espíritu combativo de los naturales ante la embestidas de los españoles que le sucedieron en las nuevas facetas de intimidación para despojarlos de su hábitat, mediante el constante acoso y desplazamiento, y quitarles las tierras que ya eran suyas como amo y señores de las campos fértiles.

La Sierrita Colonial

Los primeros misioneros capuchinos, emprendieron a comienzo de 1714 su obra misionera a las distintas tribus de los territorios indígenas de la Guajira, de la Sierra Nevada y de la Serranía del Perijà, haciendo acto de presencia en esos territorios, con la fundación de Centros Misionales, que se inicia hacia al año de 1740, denominados pueblos de indios, autorizados por monseñor Fray Antonio de Monroy y Meneses, obispo de Santa Marta.

A fin de cristianizar a las distintas tribus Arhuacas asentadas en las partes altas de la Sierra Nevada, se eligieron varios sitios como parroquia entre ellos San Antonio de Cototama y San Miguel para las tribus Ijka o Arhuacos, San Antonio de Marocaso y Nuestra Señora del Rosario para los Malayos o Arsarios, Atánquez para los kankuamos y San Sebastián de Rábago para los kogui o Kàggaba. La Parroquia de Nuestra Señora de El Rosario (La Sierrita), a orilla del río Cesar y su vecino San Antonio de Marocaso a orilla del río Ranchería, habitados por los wiwas o sankas el primero y guamakas el segundo, establecieron su centro misional bajo la dirección de fray Silvestre de la Bata, Prefecto de la Misión Capuchina, rumbo a la conversión de los indios salvajes a la fe católica, río arriba cuya entrada en ascenso se hacia por San Juan de Zazare como única forma de llegar hasta estos lugares recóndito de los aborígenes.

Por la escasez de religiosos en la época, la Misión Capuchina para hacer presencia permanente en los centros misionales asignados a estos pueblos de indios, estaba a cargo de un cura regular, que según cronistas de la época, distinguen al padre José Francisco Manjarrés, como uno de los primeros curas de los pueblos de Rosario y Marocaso, y su sucesor el padre Manuel José Vergara, siguiente cura de Rosario y Morocaso, quien solicita en 1793 ...”que los dos pueblos se juntaran en uno, de los cuales los indígenas de Rosario vivían la mayor parte del tiempo en sus tierras agrícolas lejos del pueblo, el que sólo visitaban unos pocos días al año.

En cambio los arhuacos de Marocaso, por su parte, estaban en mejores condiciones que los de Rosario, que según el concepto de este cura, los primeros disponían de buenas tierras de labranza y de cría de ganados y además, poseían varios ingenios de trapiches con que logran dulces muy superiores no sólo para proveerse ellos, sino también a mucha parte de esta jurisdicción y aún de la de Riohacha y lo mismo con sus maíces, plátanos y otros víveres que casi puede decirse que es uno de los pueblos más proveídos del partido y en tal manera logran ventajas con sus haberes que han comprado y tenido varios esclavos, mulas, caballos y otras cosas que jamás llegarán a adquirir los de Rosario". Pero la solicitud del cura no fue aprobada, y así permanecieron estos dos pueblos unidos hasta que las guerras de la independencia política al comienzo del siglo XIX acabaron con el proyecto misionero de los capuchinos y de esta manera la población de los arhuacos recuperó su condición de marginalidad, aislada de la presencia de los sacerdotes cristianos.

Cabe señalar, que la prosperidad de los indios arhuacos de Marocaso estaba siendo manejada por encomenderos según aparece reportada en las encomiendas del año de 1699 y que en esta etapa de colonización hasta la naciente Repùblica, los indígenas de estos pueblos tributaban anualmente al erario de la corona: hamacas de algodón y mochilas que los nativos debían confeccionar, productos agrícolas, trabajo o dinero mediante el sistema de encomiendas, mucho antes de organizadas las precitadas parroquias.


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