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Valledupar,
Rebusque e identidad

Luis A. Mendoza Villalba

Al conversar sobre estos dos temas no intento descubrir el agua tibia. Torrentes de tinta se han derramado por su culpa a lo largo y ancho del país para mostrar la dura realidad del drama económico y social del rebusque del cual vivimos muchos colombianos y que afecta, quiérase o no, la vida nacional.

Aunque para algunas personas el asunto se reduce a un problema estético y de gobernabilidad formal, cada día crece el número de quienes ven en las diversas facetas del rebusque una manifestación de inequidad preocupante que, extrañamente, no parece tener eco ni respuesta creíble en las instancias de decisión política. A juzgar por la enorme cantidad de desempleados, siete millones, las perspectivas de felicidad de los colombianos probablemente se basen en un anhelo colectivo que espera ser cumplido después de la muerte.

Al respecto, un sondeo realizado hace pocos meses mostró a Colombia como uno de los países más felices del mundo. Sin entrar a analizar la representatividad y consistencia de la muestra, es bastante difícil aceptar que la gente que madruga a apostarse bajo los semáforos y en los buses de servicio público, en las esquinas y calles de las ciudades, disfrutan vendiendo minutos de celular, tintos, gorros para perros, haciendo todo el día de estatuas humanas, lavando vidrios por unas monedas o actuando como saltimbanquis.

Es, sin duda, insólito que esos siete millones de seres dedicados al rebusque se consideren felices. A no ser que el cinismo de la cultura colombiana haya construido una costra de desvergüenza que le impida a la gente percatarse de su dolor.

Está fresco todavía en el ambiente nacional el intento de uno o varios congresistas por prohibir, mediante una ley, dar limosna o comprarles chucherías a esos siete millones de desempleados que manifiestan estar felices de su miseria. Asombra también comprobar que los ilustres proponentes de tal ley pertenecen a grupos religiosos que disfrutan, ellos sí, de los beneficios de un engaño cruel a gente como la de los semáforos. Increíble pero cierto. Esta certeza inverosímil estaría definiendo la identidad de un país singular, único en el mundo entero.

La migración forzada por el desempleo nacional ha ido subiendo de estrato. Hoy es común, por ejemplo, encontrar damas de compañía, con servicios sexuales incluidos, cuya mayor cualidad procede, según las ofertas de anuncios especializados de la prensa, de ser señoritas universitarias y elegantes. Probablemente sea cosa de la modernidad como afirma César A. Sánchez en su Infancia e Historias de barrio en Valledupar (Gobernación del Cesar, 2008). Y ya que los colombianos somos tan propensos a la dicha, les traigo un cuento que dice así.

Dos amigos no se veían desde hacía mucho tiempo. Cada uno tenía una hija. Al encontrarse un día, el uno le pregunta al otro:

_Oye, ¿Y qué es de tu hija? ¿A qué se dedica?

_Pues no lo tengo muy claro, no sé, pero el caso es que tiene un BMW, abrigos de pieles, zapatos y joyas Cartier…Pero no lo sé. Oye, ¿Y la tuya qué hace?

_¿La mía? De puta, como la tuya.


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