Las dos primeras neveras

José Guillermo Castro Castro
En aquellos tiempos de verano cuando el calor acosaba, beber un vaso de agua fría de la tinaja con panela y limón volvía el alma al cuerpo. Yo tenía apenas doce años de edad en 1938, cuando comí un ‘helado’ de esencias de rosas en una calle de Riohacha por primera vez en mí ya alejada infancia.
A mi regreso a Valledupar comenté a mis amigos de la escuela pública la experiencia del frío insoportable en mi boca, causado por los pedacitos de nube que ingería. Había vivido esta experiencia con mi primo Lalo Montero. Unidos por la curiosidad no olvidamos haber visto al vendedor dividiendo en porciones de hielo cristalino y dulce, acumulado en un pote de aluminio, cuyo agradable sabor desde entonces he vivido.
Era el año de 1938 y aún Valledupar no conocían las neveras, ni las fábricas de hielo, tampoco se sabia de ellas en la provincia. Lo que ahora cuento fue noticia. En 1936 una yunta tirada por bueyes cargó dos neveras marca Servel Westinhouse, negocio de contrabandistas Antillanos. Llegaron a Riohacha por encargo, una iría a los Venados y otra hasta El Paso. La compra y su transporte la hizo don Carlos Quiroz, en asocio de quien por culpa de uno de esos trebejos seria en poco tiempo cuñado suyo: Tobías Enrique Pumarejo.
La yunta con los trastos partió de madrugada por el incipiente carreteable que de Riohacha cruza la provincia, apareció primero en Fonseca y cuatro días después estaba en potreros de don Nicolás Medina en las vegas del río Ranchería.
Dos días de fiestas para Carlos Quiroz hubo en ese pueblo donde lo homenajearon en reciprocidad a los parrandones anticipados en Camperucho, a donde llegaban los fonsequeros a comprar mulas a su tío Pompilio Quiroz.
Repuestos los bueyes engancharon en la madrugada de un lunes, con dirección a San Juan donde durmieron a orillas del río Cesar.
Días después estaban en los aleros de Valledupar rumbo a las sabanas de Aguas Blancas, dejando atrás el hato, los Corazones de don Virgilio Baute donde Carlos había descansado un rato. Hizo allí una demostración con los extraños aparatos, retribuyéndosele con un suculento sancocho de carne salada gorda con plátano y cebollín, condimentado por un denso suero salado.
No se sabe a qué hora partió esa mañana para llegar a la ceja del río Diluvio, con un sofocante calor a las espaldas reposando de cuando en cuando a la sombra de numerosos árboles de campano hasta el arroyo de las Palmas. Cruzó el “Meadero de Pepe Maya”, de cuyas frescas aguas bebieron los bueyes y el osado Quiroz, a pellejo limpio liberó el cansancio de muchos días lanzándose a su cauce para seguir luego su camino.
Cruzó la sabana del Guásimo y una hora después surcaba la falda Serrana a pleno medio día. Los bueyes sofocados liberaban sudor y babaza; a rastras subieron los patios de propiedad de Roberto Maestre y su señora Ana Clara Castro, donde había llegado primero la noticia de que ‘el hijo de Juana’, como ellos lo trataban, montado en su carruaje llegaría con las maquinas del frío.
Partió a prima noche entretenido por el ruido metálico de las ruedas que chirriaban al girar, mientras recordaba la escala hecha en el hato Villarosa donde las atenciones de su dueño Chema Castro y su señora Cecilia Guerrero, ansiosos por escudriñar los extraños artefactos, lo esperaron con un concierto de perros que aullando festejaron la llegada.
Las mulas del fundo espantadas por el ruido estridente de la yunta incrementaron el brío de los bueyes que resoplaban en apuros, en busca de las sabanas de Cambao, cercanos al puerto de Lajas. Lo siguió un ejército de camperucheros que lo alcanzaron a caballo para acompañar la novedad en la cual no creían.
En Los Venados la gente había adornado las calles con banderitas de colores y flores de trinitarios. Las puertas de las casas lucían cintas multicolores o lazos de papel crespón por orden del comisario Eduardo Arias, su primo que tenia ya organizada una cumbiamba con el acordeonero Eusebio Ayala, que cantaría sus nuevos y graciosos merengues al pie del matarratón de la casa de Leticia Córdoba, en una esquina de la plaza.
El primero en abrazar a Carlos fue Eusebio y lo siguieron sus otros tíos: Feliciano y Pompilio Quiroz, que halagados por el reto de su sobrino y con la presencia de varias bailadoras adornadas con flores de cañahuate en sus cabezas, darían comienzo a la fiesta.
En el patio de la señora Tita Pinto, abuela del innovador Carlos Rafael, no hubo ordeño ese día para vacancia de los peones, mientras Carlos zarandeado por los abrazos de todo el mundo gozaba de los elogios de los vaqueros de Fundación Castro, Buena Vista, El Otro Mundo, Los Alpes y Pastoreo, cuyo recibimiento animaron unidos a Los Venaderos.
Y como si se tratara de una procesión estuvieron a punto de convertir en santo a Carlos Quiroz, dueño de su propia iniciativa. Sonó el acordeón de Eusebio Ayala y la caja de Epifanio Collante repicó su rito, hasta enderezar el ritmo con un paseo de moda:
“Si las mujeres se vendieran
Collante vendía la dél
y con la plata que le dieran
se compraría otra mujer”
Coplas se oían y coplas callaban improvisadas por el acordeonero, ágiles letras sobre la magia escondida en las neveras volaron. Vibraron las paredes de las casas de bahareque por el golpe de caja y las parejas iniciaron otra ronda. María y Ramona Almenares fueron las primeras en darse a la fiesta hasta el amanecer, cuando encendida la nevera pudo verse a numerosos borrachos, imaginando en medio del calor, el frío que sólo conocían por exagerados y humorísticos comentarios de Carlos.
Un mal tiempo con apariencia de lluvia impertinente preocupaba al viajero que a las cuatro de la tarde del día siguiente partió con una sola nevera rumbo a El Paso. Lo despidieron los trabajadores de Feliciano Quiroz, cuya casa un poco alejada de las demás a la salida de los Venados fue la última que vio partir el carruaje con su empresa.
La topografía pedregosa y ondulada formaba un permanente estropicio hasta alcanzar el arroyo el borracho. Había cruzado antes el Caño Sagarriga para tomar la derecha del camino real, para llegar en la tarde a la hacienda Leandro, latifundio de los Pumarejo, donde un recio y traicionero aguacero de verano lo sorprendió.
Eusebio Ayala, montado en la yunta venía sonando su acordeón por el camino hasta cuando el carricoche quedó inmóvil frente a la casa grande de madera que habitara don Raúl Pumarejo, en la época palúdica de la fundación ganadera de Leandro. Ayala de pie cantó entonces con más ganas:
No dejo de recordar
a Rafael Maestre Díaz
que vive en Andalucía
a orillas del Garupal.
Y tengo que agradecer
a su señora Mercedes
que me daba la bebía
cuando me subía la fiebre.
En los alares de las caballerizas quedaron los bueyes, mientras los vaqueros con el administrador Carlos Restrepo a la cabeza rindieron un homenaje más a la fresquera en viaje sin faltar un discurso. Se destapó una “damajuana” y otro suculento sancocho de chivo estuvo listo a las doce del otro día.
Quiroz, después de bañarse y esperar que bajara un poco el pantano, se fue con muchas precauciones porque el agua daba a las costillas de los bueyes en algunos caños. Eran las cuatro de la tarde. Entre barriales y quebradas la yunta se detenía, recuperaba fuerzas, vencía obstáculos y al filo de la madrugada triunfante se encontraban en el Portón de Cartagena.
Fiesta para los paseros fue la hazaña de la nevera como exótico símbolo de progreso, superando a Valledupar. Ganó Carlos muchos pesos por su hazaña que lo hizo ostentar el remoquete de ‘Carlos Paleta’, que en diminutivo nombre al nacer su hijo Ciro heredó Paletica. La tenacidad de su mujer Narcisa Otero incrementó el negocio donde queda hoy la alcaldía de El Paso. Tiempo después Josefina Quiroz terminó sus amores con Tobías Pumarejo y el refrigerador se fue para calmar los calores infernales del veraneo en Leandro.
Finalmente Carlos vendió la suya a la hacienda Las Cabezas, donde sirvió hasta 1956 cuando destartalada fue arrumada en el patio de la casa de Oscar Gutiérrez de Piñeres, su ultimo administrador, pero Carlos ya había simbolizado en su hierro quemador la llave cervecera cuyo registro data de 1940.
Fue un recorrido de 640 kilómetros de Riohacha hasta El Paso, donde peones y propietarios atraídos por el descubrimiento de la cerveza fría mitigaron sus afanes dejando al debe sus bolsillos.