Versiones fragmentarias de la fundación de Manaure

Por Alfonso Araujo Cotes
Uno de los inmensos y gratos momentos que nos da la vida es la reconciliación espiritual con personas que estuvieron en nuestra juventud vinculadas tan estrechamente al entorno familiar, como es el caso mío con Pepe Castro.
Rivales políticos con pasión y a veces con excesos innecesarios, cada uno intentó por su lado y tal vez lo consiguió en el periplo de su vida, servir con dedicación, transparencia y empeño inusitados para proveer a nuestros pueblos de la infraestructura necesaria que permitiera librarlos del ostracismo y de la frustración social y económica en que vivían, dando una luz de esperanza y de fe en el porvenir.
Allí están las obras que con pocos recursos logramos construir; testigos mudos son las realizaciones que perduran a través de los tiempos en nuestro departamento y marcan un hito histórico todavía no igualado, a pesar de los inmensos recursos que han disfrutado los demás gobernantes de la última década.
Todo esto viene a cuento dándole vigor a la célebre frase de que “recordar es vivir”. Con Pepe Castro tuvimos la oportunidad de compartir juntos nuestra juventud en un pueblecito llamado Manaure, sitio paradisíaco, de una paz y un sosiego inigualables, que marcaron nuestras vidas hacia el amor por la naturaleza y al trabajo del campo.
Allí disfrutamos con nuestros padres y hermanos, por lo menos en lo que a mí respecta, los mejores momentos de nuestra existencia.
En referencia a la fundación de Manaure hay versiones contradictorias en su nacimiento; es indubitable que las primeras personas que descubrieron el sitio fueron los trabajadores de Don Pepe Maya, quien utilizó las dehesas ocasionalmente para pastar sus ganados, pero los pioneros de su creación fueron los hermanos Joaquín y Juan Antonio Cotes, quienes inducidos por su padre Don Silvestre Cotes sentaron sus reales en ese territorio y fundaron el primer asentamiento poblacional en dicho lugar.
La verdad fue que a través del cultivo del café se vincularon estos hermanos a la tierra, donde fundaron haciendas cafeteras, de las mejores de la Costa Atlántica. Para ello y ante el aumento de la producción, las fincas requirieron personal idóneo y adecuado para su manejo y fue preciso traerlo de las poblaciones vecinas como La Jagua, Urumita y Villanueva, población esta última que había desarrollado una importante extensión del cultivo del café y cuya producción era llevada a través de los champanes por el Río Cesar, entonces navegable, hacia los centros de consumo.
Esta población laboral reclutada especialmente por Don Joaquín Cotes, por la dinámica propia de la economía, convirtió a sus componentes de simples trabajadores en propietarios y la densidad poblacional aumentó notablemente.
Hay otro factor a destacar, la bonanza del clima, que atrajo a mucha gente de nuestra región a temperar, como se decía en lenguaje provinciano. Ya en 1924, hace más de ochenta años, Manare que entonces formaba parte del departamento del Magdalena y del municipio de Espíritu Santo, tenía en producción más de ciento veinte mil cafetos, donde Joaquín Cotes era el mayor productor con diez mil quinientos arbustos y le seguían Jeremías Aroca, Alejandro Cotes, Pedro Acosta, José Araújo, Rafael Córdoba, Sabas Ramírez, Próspero Oñate, Petronila Cotes, Agustín Pretelt, Emilio Quintero, Eugenio Rincón, Jorge Bendeck, los famosos hermanos Rueda, Vicente Aroca, José M. Cotes, Julio Muegues y muchos más, esto según el censo que hizo la Federación Nacional de Cafeteros para la época.
Volviendo a Pepe Castro, uno de los más extraordinarios cronistas de nuestra época, con su prosa amena, divertida e históricamente cierta está en mora de hacer el estudio integral de la población de Manaure.
Existe otra persona igualmente sobresaliente, intelectual destacadísima, novelista ejemplar, que tiene sus raíces enclavadas firmemente en la tierra manaurera, Doña Mary Daza Orozco, quien también nos podría trazar una semblanza completa, engalanada con su prosa envidiable y su vastísima cultura.
Manaure cumplía dos propósitos, era un gran vividero, como se dice, para muchas estirpes que se afincaron en dicha tierra buscando salud y prosperidad. Familias distinguidas de la sociedad de La Paz, Valledupar y Villanueva con dicho propósito emigraron hacia esa población como lo fueron Don Amador Ovalle, Guillermo Castro, Samuel y Silvestre Daza, los Orozco, los Bendeck, los López, los Pimienta, los Acosta y muchos más que se me escapan y presento disculpas de antemano por no recordarlos.
Todo esto permitió el crecimiento de la población y el relevante surgimiento de la caficultura y sus derivados, además se convirtió en un sitio atractivo para el turismo familiar.
La violencia producida por la guerra entre liberales y conservadores a mediados del siglo pasado trajo como consecuencia que muchas gentes venidas de los santanderes, especialmente de El Carmen y Ocaña, se refugiaran en la región de Manaure y San José de Oriente, anteriormente denominada La Boca y que con la presencia de los desplazados cambió de nombre.
Como eran en su mayoría liberales perseguidos, el directorio liberal de La Paz en ese entonces compuesto por Manuel Moscote, Hernando Morón Canales, Pedro Olivella Araújo y mi persona los recibimos con beneplácito y calidez, introduciéndolos en esas tierras de la sierra de Perijá, quienes con alborozo recibieron la posibilidad de un trabajo independiente y próspero.
La presencia de nuevas gentes venidas de otras zonas del país permitió el cruzamiento de los criollos con estos, generando un crisol de razas y costumbres que formaron familias distinguidas con una proyección sin igual del trabajo, convirtiéndolos en una amalgama de valores trascendentales para la prospectación de la población.
Empero, luego de una vida de paz y concordia en la región, otra violencia ya no externa sino interna, con la penetración de las FARC, los elenos y las AUC, acabaron con la región y las fincas fueron destruidas, sus dueños asesinados y otros lograron huir en una situación deplorable para ellos y sus familias.
Hoy en día las cosas han cambiado y Manaure renace como el Ave Fénix, la gente ha retornado, nuevas promociones adquieren fincas, mejoran y amplían los cultivos en la zona del Perijá. Hay que reconocer que el gobierno de la seguridad democrática nos ha dado esta posibilidad y Pepe y yo, ya octogenarios, nos solazamos con el pasado y vemos con inmensa satisfacción el renacer de la comarca, pudiendo gozar del maravilloso entorno de esta tierra privilegiada.