El mismo día en que murió ‘Guarapo’, ocurrió un siniestro colectivo: un carro Nissan Patrol, lleno de cachaquitos, cayó a un abismo a escasos cinco minutos de San José de Oriente, murieron todos los ocupantes, nueve almas fue la cuenta.
Esos cachaquitos habían salido bien temprano de Valledupar, sitio donde vivían felices, después de ser víctimas de la ‘hitleriana chulavita’ de Laureano, el papá de Álvaro.
Ese día la mala hora entró como ‘Pedro por su casa’ a los aposentos de diferentes familias en Valledupar, ahora Pedro ya no pasa por la casa, sino que vive en casa, ya entenderán ustedes, la mala hora dejó de serlo, para convertirse en un producto de la canasta familiar.
‘Guarapo’ Baute había sido un tipo muy astuto, conocía muy bien las intimidades de los vaivenes de la vida, definía la vida como un tropel irreversible de adefesios, pero a pesar de ello era feliz.
En una ocasión, en el año 47, tuvo la osadía ‘cojonuda’ de venderle el alma al diablo, el diablo le pagó en efectivo ya que nunca recibió cheques y ‘Guarapo’ le quedó a entregar el alma en diciembre, pero no le dijo de qué año; así que perdió esa plata con ‘Guarapo’.
Desde ese momento se enchapó en un fuero de respeto y sabiduría para los negocios, padrino de más de dos mil ahijados, que con su sabiduría cambió las reglas del padrinazgo: eran los ahijados quienes le daban aguinaldos al padrino
Esa mañana ‘Guarapo’ recordó muerto, fueron a llevarle el café a la cama y ya estaba del otro lado, se había convertido en difunto. Sus 15 hijos y la nueva viuda salieron a comprar el ataúd a una de las funerarias de Valledupar que tenía los ataúdes en promoción: “pague uno y lleve dos”; la viuda de una vez aseguraba el de ella.
Al llegar a la funeraria encontraron a un mundo de cachacos comprando los ataúdes en promoción, eran los familiares de los caídos en el abismo. Los cajones eran de la misma referencia, eran de igual color, textura, tallados y de madera; la promoción se debía a que en días pasados les había caído comején del serrano, pero los habían salvado y los vendían promocionados, ya que ‘Toño’ Villero tenía el veneno para comején patentado.
En nuestros días esa patente le pertenece a la Muma, y como que ya tiene la fórmula mejorada, pues mata también ratas de todo tipo, de panadería, de ferretería, de cuello blanco, en fin… creo que en estos días lo estrena.
En Valledupar ocurre lo mas inimaginable, desde un robo a un banco donde los ladrones entraron por la puerta y nadie los vio, hasta el antojo de un Alcalde de pasear un avión D-C3 , sacarlo del aeropuerto, atravesar la ciudad y tirarlo al pie del río, con las alas en tierra; o la desfachatez de otro Alcalde que tenía una nómina de fantasma y cobraban el sueldo, ja-ja-ja-ja- (todo es posible en esta tierra). Fue tanta la casualidad que las misas de ‘Guarapo’ y la de los cachaquitos se realizaron en la misma iglesia y a la misma hora: Tres Ave María 4: 30 de la tarde.
Los diez ataúdes parecían teclas de piano hermosamente incrustadas frente al pianista, la uniformidad era casi perfecta. Al terminar la misa cada doliente fue por su muerto. San José de Oriente en plano junto a la colonia ocañera respaldaban a los cachaquitos, ya se imaginarán ustedes la algarabía enlutada que se formó.
Los nueve cachaquitos tomaron rumbo sur, iban a ser sepultados en el cementerio que está ubicado frente al muy robado Seguro Social, mientras que a ‘Guarapo’ lo guardarían en el Cementerio Central.
Cuando están enterrando a Baute, que ya faltaba por pegar el último ladrillo, de repente se siente una algarabía humana que llega abriendo paso, era Delsy ‘la Chama’, la hija mayor de ‘Guarapo’ que por problemas de transporte no había podido llegar.
Con el corazón en la mano y de rodillas pide al sepulturero que saque el ataúd para ver por última vez a su padre, este con lágrimas en los ojos complace a ‘la Chama’ en su dolor. Desmonta los ladrillos y saca el ataúd de la bóveda. ‘Guarapo’ era un hombre moreno, de facciones finas, de escasas entradas, que le resaltaban el ceño fruncido todo el tiempo. Cuando ,la Chama, ve la cara del difunto que guardaba el ataúd, se puso las manos en la cabeza y grita……
Esperen la segunda parte, feliz fin de semana.
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José Gregorio Guerrero