Después de la trágica muerte de Diego Mejía y de la valerosa postura de su familia, bien vale la pena reflexionar nuevamente sobre el crimen atroz del secuestro y la manera de lograr la libertad de los plagiados. Lo primero que hay que dejar claro son las responsabilidades. Sin duda alguna el responsable del delito es quien lo comete. Tanto el del secuestro, como el del homicidio. En este caso las FARC. Pero no basta señalar y subrayas esta responsabilidad para que la tragedia sea menor ni para que las decisiones políticas sean más o menos acertadas. Lamentablemente.
En una situación de secuestro la opción del rescate a sangre y fuego es siempre una posibilidad a tener en cuenta. Pero se deben medir bien sus consecuencias, o de lo contrario, se correrá el riesgo de que todo termine mal. Y no hay posición política o personal que devuelva la vida.
En el caso de los secuestrados colombianos las consideraciones han de ser siempre mayores porque la experiencia permite saber, de antemano, a qué se enfrentarán los soldados que intentan el operativo y las familias que esperan a sus seres queridos. Que la muerte es una posibilidad en todos los casos, es cierto. Pero que lo es en Colombia aún más, es aún más cierto. Por eso es que hay que decidir con cuidado y tratar de evitar lo que sea evitable.
Lamentablemente, en medio del conflicto que nos afecta a todos, las posiciones políticas se han polarizado a tal punto que una decisión de rescate se ha vuelto parte de las posturas de apoyo o rechazo al gobierno. Lo que debería ser un planteamiento exclusivamente de evaluación de seguridad, se volvió político. En Colombia se ha llegado al absurdo de considerar que quienes están a favor del rescate a sangre y fuego (independientemente del resultado) están con el presidente Uribe y, quienes están a favor del acuerdo humanitario, son antiuribistas.
Por otro lado, hay que dejar algo claro: para que el rescate valga la pena, debe ser exitoso. Y eso no lo puede medir la política. En el intento de rescate está de por medio la vida. Y por eso de ella depende todo. Mostrar poderío militar no basta.
Mostrar bajas en las filas enemigas tampoco. Se requiere también haber logrado la libertad de quien la perdió por causa de los violentos.
En ese sentido es importante volver a poner sobre la mesa el tema del acuerdo humanitario. No es que se pretenda ceder a un chantaje de los violentos. Se trata es de ser realista frente al conflicto. Hay guerra, nos guste o no, lo reconozcamos o no. Y lamentablemente el secuestro, ese crimen atroz que tanto repudiamos, hace parte de ella. Hay que combatirlo con toda la fuerza, pero también con toda la responsabilidad. Y el intercambio humanitario es una salida responsable. De hecho, es el mejor rescate.
Rescatar o no rescatar no es una posición política. Tampoco es una posición personal. Es una opción que hay que evaluar frente a las realidades de cada caso. Y de todos modos, debe entenderse que no es la única. La prueba es que, si ya se hubiera hecho el acuerdo humanitario, muchos habrían ya vuelto a sus casas. Y este, sin ninguna duda, sería un momento de mayor esperanza para el país.
Jorge Leyva Valenzuela