Más allá de vigilar y castigar

La vallenata María Angélica Pumarejo hace un análisis de la situación que vive la capital cesarense por culpa de la inseguridad e invita a los gobernantes a profundizar en la educación de los ciudadanos, como la mejor herramienta para combatir la desigualdad.

Hace algunos años, no tantos pero sí más de cinco, cada vez que vengo a Valledupar se me alerta sobre todos los peligros de andar en la ciudad. Desde el celular hasta los tenis, si pretendo ir al río para hacer un poco de ejercicio, son objetos de robo; pero así ha pasado, hay personas a quienes han dejado descalzas al regreso de su rutina. Y hace algunos años también se empezó a cerrar cada casa en una reja, con la idea de frenar los abusos a los que se veían sometidos sus habitantes cuando se sentaban en las terrazas o al llegar para abrir la puerta y entrar. Pensé entonces que habíamos pasado de estar secuestrados en la ciudad, pues durante más de una década no se podía salir de ella a riesgo de ser plagiado, a estarlo en nuestras propias casas.

Pero a los hechos contundentes y cotidianos de una ciudad que ha decaído enormemente en su seguridad, se suma la percepción de inseguridad que aunque bajó 8 puntos de 2015 a 2016, registra un 72%, según una encuesta de Invamer. Esto puede sonar coloquial, lo es, pero no hay otro inicio de conversación diferente a la frase: esto está terrible, acá nos están matando por un celular. Así que frente a una opinión tan generalizada que va de la mano con noticias diarias sobre atracos y robos de personas y de establecimientos, pensé que lo mejor era hablar con la Policía.

Estuve en el Comando por un par de horas en una larga y bien atendida conversación con el coronel Mauricio Bonilla, quien estaba a cargo -a propósito la sala de monitoreo de las 390 cámaras que hay por toda la ciudad es una maravilla-.

Las aristas del tema que atañen al mantenimiento de la seguridad en una ciudad son bien complejas e incluyen todo aquello que la Policía entiende como riesgos sociales y que no son distintos a la manera como los ciudadanos viven de acuerdo con sus posibilidades y necesidades.

La cuestión es mayor, pero detengámonos por ahora en las cifras. El año pasado hubo en el departamento del Cesar un total de 181 homicidios, 45 muertos menos que en el 2015, para un total de 20 % de disminución en este delito. En Valledupar hubo 68 homicidios contra 109 de 2015, lo cual representa un 38 % de disminución. La tasa de homicidio fue de 25 muertes por cada 100 mil habitantes en Colombia para el 2016, frente a esto el Cesar presenta una tasa de 15 y Valledupar una de 17.

Teniendo en cuenta que de un año a otro no se puede hablar de aumento poblacional ni cambio sustancial en las condiciones sociales, hay que reconocer la disminución de este delito y reconocer también como dice el Coronel Bonilla que “Valledupar es el epicentro de la delincuencia de todo el departamento”. Con un escenario así podría pensarse que un esfuerzo del gobierno local en conjunto con el policial debería ser un programa prioritario para lograr bajar esa tasa de homicidios, pues lo que tenemos es una capital donde se mata la gente por ajustes de cuentas o por riñas que derivan en muertes.

Las sociedades avanzan cuando avanzan sus individuos y la idea de permanecer entre vigilar y castigar, como bien lo plantearía Michel Focault, no ha dejado sino sociedades de control.

Controlar está muy lejos de educar o de dar oportunidades, se controla el comportamiento frente a la violación de una norma de conducta, pero lo más probable es que ese violador de la norma no consiga por la vía del castigo modificar su conducta. No estoy diciendo nada nuevo, pero el trabajo de base que planteo, en el que el gobierno tiene más responsabilidad que la Policía, es la de educar para convivir. Hay que hacer pues un trabajo de fondo.

Veamos otra de las aristas más allá de la intolerancia, una palabra que no me gusta mucho porque en el fondo es como decir me lo mastico pero no me lo trago, y pensemos en la pobreza.

Las personas pueden delinquir por subsistencia, por no tener medios para comer, para pagar un arriendo, para vivir. Está demostrado que solo la educación saca de la pobreza a la familia, que una sola persona que pueda educarse en una familia impulsa a las demás y, esto también está comprobado, si es mujer las garantías son mayores, aunque luego reciban salarios más bajos por el mismo oficio o una promoción menor en sus trabajos.

Si expongo la situación anterior es porque da grima que aun los gobiernos no se den la pelea por garantizar la educación, por cuidar los recursos asignados a la misma y multiplicarlos, así como multiplican los correspondientes a contratos de infraestructura con adiciones infinitas y a veces sin resultados. Me sorprende por ejemplo, el edificio del archivo departamental, es magnífico, ahora me pregunto: ¿cuántas personas podrán trabajar en él de manera idónea para que pueda cumplir con su papel no solo de acopiar colecciones o proteger los recursos documentales sino de cumplir con la difusión de la memoria histórica del departamento e insertarla en el seno de la vida social? Ese trabajo solo lo podría desempeñar un grupo educado desde la base para esto, no es un asunto de capacitaciones, es un asunto de especialización, visión de mundo, desarrollo de herramientas para la recuperación de la memoria y un largo, etc.

Ya sé que estaba hablando de la seguridad, pero una sociedad educada cambia sus dinámicas y sus intereses, y aunque no disminuyera su consumo de alcohol, para hablar de otra de las aristas, podría sí asociarlo a momentos de esparcimiento y no a motor para el envalentonamiento que suele propiciar las más de 20 mil riñas que hubo también en el 2016 en Valledupar frente a las más de 3.400 de todo el departamento. Así que tenemos una Policía separando cuerpos magullados y sangrantes en bares que no cumplen con el horario de cierre y en las calles. Juzguen ustedes mismos en donde se han concentrado los intereses de crecimiento de Valledupar. Se cierran bares, es decir se controla, pero no se abren universidades con verdaderas oportunidades, no se financia la educación, los muchachos están en la calle haciendo nada o haciendo lo que se puede hacer en la calle cuando se anda sin rumbo: robo y drogas.

A los dos gobiernos, el departamental y el municipal, los percibo muy tibios. No hay mayor liderazgo, no hay un programa que se sienta rotundo y que expanda el horizonte. No hay contundencia, no digamos ya en los proyectos sino en el manera de gobernar, apenas cumplen los días. Los gobernantes debería desocupar la agenda y pasar una buena parte del día a solas, pensando en innovar y solucionar allí donde se necesita, por fuera de las urgencias de la administración diaria. Ese ejercicio no solo les daría una visión más adecuada sino además independencia y carácter. Les daría la oportunidad de estudiar, por ejemplo, como es que Tokio que es la ciudad más poblada del planeta es a la vez la más segura en materia no solo de seguridad personal sino digital y de infraestructura.

Es decir, señor Alcalde, que si mi familia viviera en Tokio y yo fuera de visita jamás me dirían que no saliera a la calle con el celular y seguramente el inicio de la conversación tendría que ver con la última tecnología o la extenuante jornada de trabajo. Pero allá no hay acordeones ni palos de mangos en las calles y tampoco florecen los cañahuates que son más bellos que los cerezos, y esa es toda mi insustituible nostalgia.

Por María Angélica Pumarejo

 

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