Alrededor de 250 indígenas Wayuu fueron asesinados por los paramilitares que delinquieron en el departamento de La Guajira durante una década de conflicto que generó un desequilibrio en la cosmogonía de este etnia, aunque hoy está un poco más alejada de la violencia sigue padeciendo por armas igual o más devastadoras, la hambruna y la falta de agua.
Los Wayuu representan cerca del ocho por ciento de la población del estado de Zulia en Venezuela y cerca del 45 por ciento de La Guajira en Colombia. Los 20 resguardos indígenas del pueblo Wayuu se encuentran traslapados parcial y totalmente a la jurisdicción de ocho municipios de La Guajira, departamento que por su posición estratégica en el mapa se convirtió en un fortín para la ilegalidad donde se asentaron grupos armados que llegaron como una maldición para los nativos.
A partir del año 2002 doce clanes de esta etnia pusieron el mayor número de víctimas fatales en la embestida del frente ‘Contrainsurgencia Wayuu’ del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia – AUC, creado con 450 paramilitares para contrarrestar a la guerrilla “supuestamente apoyada por los wayuu”.
Cada uno de estos clanes se encuentra representado por un grupo de tíos maternos, los cuales de acuerdo con los procesos de interrelación, prestigio y reconocimientos basados en alianzas, dan forma a la figura del palabrero o putchiipu / putchejana, que promueve la solución de los conflictos entre clanes.
Pero ni las palabras de los sabios lograron frenar a los Uchii (pájaros de mal agüero, o pájaros del mal) como llamaban a los paramilitares, cuyo objetivo era quedarse con el control de los puertos naturales sobre el mar Caribe y de la frontera con Venezuela en los corredores para el transporte de cocaína, tropas, armas, dinero, gasolina y sicarios a su servicio.
La incursión paramilitar generó tensiones que intentaron frenar algunos clanes que defendieron con armas sus rancherías y territorios ancestrales, en una guerra desigual en la que el frente ‘Contrainsurgencia Wayuu’ se repartió en cinco grupos sobre el territorio indígena: Los Escorpiones, Los Buitres, Los Centauros, Los Halcones y Las Águilas, verdaderos escuadrones de la muerte. Como si fuera poco en el otro bando estaban las guerrillas de las Farc y Eln que acusaban a los indígenas de ser paramilitares.
Desde mucho tiempo atrás en La Guajira han existido los ejércitos privados -ejércitos de mercenarios contratados por grandes contrabandistas de la zona y grupos de indígenas armados que buscaban proteger sus propias mercancías, los que fueron por mucho tiempo, actores generadores de violencia en la península-. Es así como se luego llegaron los grupos armados ilegales como “guerrillas y paramilitares”, que adquirieron relevancia nacional desde la década de los ochenta hasta principios de 2006.
Sin embargo, la llegada de los paramilitares marcó el inicio de masacres como la del municipio de Villanueva, perpetrada el 8 de diciembre de 1998 por hombres de ‘Jorge 40’ que asesinaron a 12 personas en los barrios El Cafetal y San Luis. Otra de las agrupaciones de autodefensas que hizo presencia en la zona es la organización de Chema Balas, quien se disputó con el bloque Norte el control de los sitios estratégico para el envío de cargamentos de cocaína al exterior y una de las consecuencias de esta disputa fue la masacre de Bahía Portete, ocurrida en abril de 2004.
De acuerdo con versiones de organizaciones de derechos humanos y comunidades Wayuu, después de la desmovilización paramilitar propiciada por la Ley 975 de 2005 (Justicia y Paz), siguieron los asesinatos de miembros de estas comunidades; unos por denunciar, otros por pedir a los ‘paras’ el favor de retirarse de los cementerios ancestrales o pedir permiso para hacer sus prácticas de velorio y en los casos más insólitos por el solo hecho de generar sospechas al hablar la lengua nativa, el wayuunaiki.
Como rasgo relevante de esta comunidad, la división sexual del trabajo en tiempos de guerra de los Wayuu instituye que las mujeres son intocables, no pueden ser víctima de agresiones y son las encargadas de recoger a los heridos y comunicarse con el exterior.
“Los paramilitares entendieron el rol central de la mujer wayuu dentro de su comunidad y a través de dotes más altos y del mestizaje, lograron colonizar algunos territorios. Utilizando valores, preceptos y prácticas propias de la etnia, el paramilitarismo logró en varias oportunidades aprovecharse de la cultura Wayuu para promover sus propios intereses de expansión y control”, dice uno de los apartes de la sentencia emitida por la Sala de Conocimiento de Justicia y Paz del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Barranquilla, contra el exparamilitar Ferney Alberto Argumedo Torres, alias ‘Mata Tigre’ que fue uno de los mercenarios que delinquió en la Alta Guajira.






