La libertad de las mujeres

En el año 2003 se estrenó en Bogotá la película ‘Las horas’. Yo había leído el libro que da origen a este guión, de Michel Cunningham, premio Pullitzer de 1999, pero lo que vi luego en la pantalla grande superaba el papel. En esa película, basada en una novela escrita por un hombre, se esconde todo el cuestionamiento que desde el movimiento feminista y desde siempre, diría yo, hemos tenido las mujeres.

El tema, además, está resuelto en ese film de una manera estética avasalladora. La figura central de Virginia Woolf mientras escribe Mrs. Dalloway, en 1923, nos deja frente a las tribulaciones de una mente que, dicho a nuestra manera, “no se halla en el mundo”. Como si el alma no le cupiera en el cuerpo, Virginia Woolf siempre ha representado, con su “fluir de la conciencia”, la libertad de mostrarlo todo y de pasarse por el forro cualquier tipo de coherencia establecida. La otra protagonista de la obra era Laura Brown, situada en el año de 1951, con una vida resuelta como ama de casa, madre de Richard y esposa de un hombre próspero que sale y regresa de trabajar puntualmente, mientras ella trata de sobrevivir a sí misma. Es otra que “no se halla”. Finalmente está Clarissa Vaughan, quien, en el año 2001, cumple con su papel de mujer independiente, editora exitosa y amiga de Richard, el hijo que Laura Brown dejara abandonado para irse a vivir una vida solitaria en Canadá trabajando en una biblioteca.

De las tres mujeres, Virginia Woolf no tuvo escapatoria física, digamos así, porque su escritura la preservó durante todos sus años de vida. Todas sus congojas fueron a terminar en el río cuando se suicidara ahogándose con sus bolsillos llenos de piedras para evitar cualquier salvación. Laura se salvó a medias; debió renunciar a sus hijos para rescatar su vida que no quería vivir como ama de casa resignada. Y luego está Clarissa, quien puede vivir una vida plena y de la manera como a bien tenga. Que me perdonen las feministas si no están de acuerdo, pero esta película en estos tres momentos distintos del siglo XX, son casi como una evolución de la liberación femenina. Si Virginia Woolf hubiera podido decidir a solas, sin la observancia de su marido tal vez tuviéramos más novelas, o, si hubiera tenido la suficiente libertad interior para luchar por su autonomía –es acá donde me van a matar-. Laura no pudo conciliar lo que ahora parece tan fácil para las mujeres modernas: el hogar, los hijos, el trabajo y el marido. Pero optó por su libertad, por su emancipación aun en la soledad de una biblioteca canadiense. Dejó al esposo de lado, las obligaciones domésticas de lado, incluso los hijos y diseñó para ella un escenario en que le era posible vivir. Clarissa ya no tiene que elegir, elige todo, vive a sus anchas, va por el mundo, trabaja, ama, cocina, compra flores. Es lo que quiere ser en cada hora.

Cuando vi la película, recuerdo haberlo hecho con mi hermana mayor, salí de cine deshecha. Lloraba incesantemente. La película, que no la novela, había logrado hablarme de todas las vivencias, las preguntas y las confusiones que se esconden en ese femenino, tan lleno de cuestionamientos sobre qué hacer o cómo hacerlo. Por eso escribo sobre ella ahora, catorce años después, un poco medio desatorada, con la certeza de que las mujeres, al igual que los hombres, podemos hacer de nuestras vidas lo que queramos, y no por una bandera feminista –me van rematar- sino por el ejercicio de la libertad de ser lo que queramos ser y de la manera como queramos serlo. Solo se trata de eso, de responder al talento, a las ganas, a las motivaciones, a las elecciones. No importa si es sembrando aguacates, conduciendo un F18, dirigiendo los destinos de la nación, pegando mostacillas y canutillos o en casa con los hijos y el marido. A fin de cuentas, si lo quisieran, los hombres también podrían quedarse en casa.

Por María Angélica Pumarejo