Este hombre fue un sofista impetuoso, dialogístico con Sócrates, en la obra literariamente cristalina y de profunda enjundia filosófica, La República, de Platón. Como todo sofista de aquella época –y por qué no decirlo de la nuestra-, era incisivo y un tanto irreverente con el gran maestro, aunque trataba de cuidar un lenguaje refinado y trato etiquetero.
Trasímaco era un polemista tremendo, dotado de originalidades al hablar. Dícese de él que era “un verdadero artista de la palabra y del concepto. Hábil para excitar a muchas personas a la vez y hábil también para embelesarlas y calmarlas cuando estaban excitadas, y no hay nadie mejor que él para calumniar o para rechazar, de una u otra manera, una acusación”.
En términos contemporáneos y políticos podríamos afirmar que Trásímaco era, en los efectos, un gran populista.
Pues bien, en el diálogo a punto, investigando acerca de qué es la justicia, Sócrates quiso conocer el concepto de Trasímaco. Quién ni corto ni perezoso disparó: “Sostengo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte”. Esto no es cierto, Sócrates no aceptó su respuesta, tampoco la posteridad, porque ello envuelve un imposible moral, un contrasentido ético –la ética es una de las partes de la filosofía, por tanto imprescindible en todos los actos humanos-.





