Por: Indalecio Dangond Baquero
La primera vez que vi un cultivo de algodón fue a finales de la década de los 70 en la finca de nuestro apreciado y recordado Efrain Dangond Lacouture. Era la época de la bonanza algodonera en el departamento del Cesar. Recuerdo los buses repletos de recolectores procedentes de Juan de Acosta y Tubará, las avionetas fumigando los campos de la región, cientos de almacenes de insumos y repuestos de maquinaria agrícola, miles de tractores de grandes marcas, las largas filas de los camiones esperando turno en las desmotadoras de Casacará y Codazzi y los gerentes de los bancos, girando miles de millones de pesos, que los empresarios algodoneros retiraban en costales, para pagar la recolección de sus cosechas.
Este progreso económico y social de la región, comenzó a tener sus altibajos en la década de los ochenta, llegando a su fin en 1.993, cuando la producción descendió fuertemente debido a las bajas cotizaciones internacionales y a la reducción de aranceles para la importación de estos bienes, lo cual tuvo como efecto directo unas bajas significativas en los ingresos de los agricultores, que dio como resultado el freno en las inversiones en el sector, traduciéndose en el estancamiento de los rendimientos por hectárea. Hoy, alrededor del 50% del consumo de la industria proviene de los Estados Unidos.





