La ‘aguja’ de las piloneras

Teresa Bohórquez Orjuela es una de las modistas de Valledupar que se concentra en confeccionar trajes de piloneras. Foto: Joaquín Ramírez.

Una boyacense, que tiene 36 años de vivir en Valledupar, lleva más de dos décadas confeccionando vestidos para piloneras, piloneros y piloneritos, por lo que es conocida en muchos sectores de la ciudad. Se trata de Teresa Bohórquez Orjuela, una modista que desde el primero de enero hasta el 30 de abril no cose prendas distintas a las relacionadas con el Festival de la Leyenda Vallenata.

Llegó a la capital del Cesar cautivada por el amor del guajiro ‘Tova’ Mendoza, el padre de sus hijos. Cuando él murió decidió trabajar en un arte que había aprendido como un hobby.

“Hice cursos de confección, bordados y tejidos en el antiguo ‘Rosita Dávila’, los cuales puse en práctica cuando me vi obligada a generar recursos propios. Empecé con prendas de mujer, luego de niños y finalmente de hombres; tenía mucha clientela que me pedía vestidos de piloneras, sobre todo para estas fechas, por lo que me esforcé en aprenderlas a hacer, empaparme de las costumbres de la región y pulirme en estas prendas; con el paso del tiempo mi trabajo me dio a conocer con personas de diferentes estratos sociales, que me buscan para lucir ‘a tono’ en el Festival”, acotó.
El garaje de su hogar, ubicado en la carrera 15 N 19C-05 del barrio San Joaquín, fue adecuado para un taller de modistería; allí hay un gran estante de telas floridas de diversos colores, en una vitrina alta y delgada ubica los tocados y las pañoletas, en otro rincón están las bateas pequeñas que usan las bailarinas de la danza tradicional de Valledupar y las alpargatas de los bailarines.
Con todo el esmero del mundo realiza las faldas, blusas y tocados para las piloneras y piloneritas, así como los pantalones y camisas de los piloneros y piloneritos.

El sello que le imprime a su oficio está impregnado de amor y dedicación en cada una de los atuendos para que al final se conviertan en toda una obra de arte. Todos los días cuando saca los patrones, corta las telas, se sienta en la máquina de coser y los pule en la fileteadora, se olvida de cualquier problema que pueda aquejarle. Por lo general empieza este ritual a las 4:00 a.m. y termina a las 8:00 p.m., pero si sus clientes tocan sus puertas más tarde, las puertas de su casa están abiertas.
“Yo trabajo con todo el cariño del mundo; afortunadamente me ha ido bien, tanto en la afluencia de clientes como en la parte económica. Este oficio me permitió sacar a adelante a mis tres hijos”, comentó orgullosa.
Las telas que usa para las vestimentas de piloneras las busca con anticipación en algunos almacenes de Valledupar, por lo general en los meses de octubre y noviembre, puesto que son los meses donde se consiguen a mejores precios; es así como se aprovisiona de dacrón estampado para las mujeres, porque es una tela que no pesa y le permite a sus clientas bailar mejor, y de gabardina para los hombres. Las guarda con recelo en su taller, el cual considera ‘la niña de sus ojos’, al que no permite que se acerquen sus nietos porque podrían estropear alguna de sus creaciones.
Asegura que dura cerca de cuatro horas en la confección de un vestido, puesto que se concentra en su trabajo sin permitir distracción alguna y se considera rápida en su oficio. “Coserlo lleva más tiempo que el corte. Cuando una clienta me encomienda una tarea la hago en el menor tiempo posible; no me gusta acumular costuras ni hacer esperar a las personas semanas o meses, porque me parece de mal gusto”, manifestó.
Tal vez eso es parte de su éxito. La alta afluencia a su lugar de trabajo la obligó a buscar a dos personas que la ayudaran, para así cumplir los requerimientos de la clientela. Una de ellas la ayuda a coser y otra se dedica a obras de mano como cortar hilos, pegar botones y revisar detalles. De acuerdo con Bohórquez Orjuela, las tres constituyen un equipo para dejar satisfecho a quienes acuden a su taller, donde no solamente se mandan a hacer vestidos de piloneras, sino que también se alquilan.
El año pasado confeccionó más de 200 atuendos de piloneras y en lo que va del año lleva más de 100. El costo promedio de un vestido para adultos de esta clase oscila entre 70 mil pesos a 150 mil pesos, dependiendo de las tallas; y para niños y niñas entre 60 mil pesos a 100 mil pesos. Si es para alquiler, el precio es más bajo: para adultos 75 mil pesos y para infantes entre 35 a 50 mil pesos.
“El toque de elegancia de los vestidos se lo da el ancho de la falda y el encaje, y en el de los hombres el pañuelo de color que llevan en el cuello, que adornan la pinta blanca. Cada detalle es clave para que las prendas luzcan llamativas”, explicó.
Por amor al arte

 
Aunque ya no tiene las obligaciones económicas del pasado porque sus hijos ya laboran, Teresa Bohórquez Orjuela sigue cosiendo con la misma frecuencia, con la convicción que mientras tenga salud seguirá trabajando, porque es algo que le apasiona y porque le gusta sentirse útil.
“Me llena de gran satisfacción ver a mis clientas que llegan chiquiticas al taller, van creciendo, se convierten en mujeres y termino siendo su modista, la de sus esposos y la de sus hijos. Creo que la calidad de mi trabajo es mi mejor propaganda”, expresó.
Con alma vallenata
Esta boyacense asegura tener alma vallenata porque le encanta el género musical de esta región del país. En el desfile que ‘abre el telón’ del principal evento folclórico del Cesar es una de las asistentes de primera fila, junto con su familia. Aunque no baila, le encanta escuchar los versos del pilón y el vallenato y tomarse sus traguitos cuando la ocasión lo amerite.

Su clientela
La clientela de Bohórquez Orjuela en su gran mayoría la constituyen mujeres y hombres que van a los desfiles de piloneras, pequeños que asisten a eventos en sus instituciones educativas, personas que hacen fiestas temáticas o los que van a clubes a fiestas privadas, en la temporada de Festival.

Cambios del vestuario de piloneras

De acuerdo con el folclorista Carlos Calderón, quien creció entre piloneras, asegura que las mujeres que iniciaron esta tradición usaban como ropa casual los vestidos largos que ellas en el pasado llamaban ‘la chambra’, el cual tiene una característica especial que es una blusa con mangas tres cuartas con arandelas en las mangas, cuello y cintura, pero lleva pinzas profundas que le forman el cuerpo a la mujer, muy diferente al de la cumbiambera que lleva arandelas circulares en el cuello. “Es una arandela que forma toda la blusa”, indicó Calderón.
Las piloneras se definen por un vestido de flores pequeñas, el cual en realidad nació con estampado en flores grandes y confeccionado con una tela que se llamaba cretona, utilizada también para hacer cortinas y colchones, la cual estuvo vigente hasta hace unos 30 años.

Telas estampadas de flores, tocados y alpargatas se ‘adueñan’ del hogar de Teresa Bohórquez desde enero hasta finales de abril.

Por Annelise Barriga Ramírez/EL PILÓN

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