La adopción es un acto de amor

El miércoles de la semana pasada mi esposa y yo fuimos invitados a un evento al cual fueron convocadas personas y parejas que actualmente adelantan procesos de adopción ante el ICBF. La razón por la que fuimos invitados es porque además de ser funcionario del Instituto, desde hace dos años largos, mi esposa y yo recibimos la bendición de nuestro hijo Fernando, con quien ciertamente no tenemos ningún parentesco de consanguinidad, pero si uno que lo supera con creces: El vínculo del amor.

Adoptar ha sido para nosotros una experiencia maravillosa, que nos ha fortalecido como familia, es un acto de generosidad, al que todas las personas de buen corazón, estamos invitados, pues no podemos olvidar que Jesús, fue adoptado por José, el esposo de María, para formar la familia de Nazaret. Es acoger en el seno de nuestra familia a un niño(a) que ciertamente no pidió venir a este mundo, y que clama por un poco de cariño, ternura y amor, pues también es hijo del Creador.

La vida no siempre es lo que tú esperas que sea, pero el Señor te abre caminos para que encuentres la felicidad, caminos que debes descubrir por ti mismo. Pero que hermoso resulta asumir esta misión, cuando se tiene un corazón dispuesto a dar, sin esperar recibir nada a cambio, o de pronto recibiendo un abrazo fuerte, o una sonrisa que te transporta a lo más sublime.

A petición de mi jefe, Elizabeth Castellar Ávila, tomé la palabra para referir una anécdota, que no por sencilla, no deja de ser valiosa, y que encontrándonos en la feliz espera del nacimiento de El Salvador, quiero de todo corazón, compartir con ustedes. Sucede que cuando Fernando tenía ocho años, Ximena y yo, quisimos enseñarle los hermosos cantos de Escalona y Leandro Díaz, junto con las notas de ‘Colacho’ Mendoza y Emilianito Zuleta, y el romanticismo del ‘Flaco de Oro’ Gustavo Gutiérrez, y las voces prodigiosas de Jorge Oñate, Zuleta y Diomedes Díaz, y de esta manera sacarlo un poco del “reggaetón” que es lo que infortunadamente está de moda. Pues bien, estando Fernando en la parte de atrás del carro, se le dio por cantar el Reggaetón de moda titulado ‘El serrucho’ y otros más, lo acompañaba en el coro Vicky, nuestra hija de crianza. Cuando hubo terminado de cantar, le pedí que cantara un vallenato, aceptó diciendo: “Bueno voy a cantar ‘La cicatriz”. Ximena y yo quedamos en suspenso. Se aclaró la garganta y entono lo siguiente:

“La herida que siempre llevo en el alma,
No cicatriza, inevitable me marca la pena
Que es infinita…”

Nota de Cierre: Esta columna reaparecerá en enero de 2018, Si Papa Dios así lo quiere, y permítame desearles a todos mis lectores unas felices fiestas.