JACOBO SOLANO CERCHIARO
Llegar a Bogotá y reencontrarme con Eivar Moya, un muchacho con quien compartí mucho en sus inicios, por allá en 1995, cuando llegó del barrio Cañaguate a la capital, con una maleta cargada de sueños; y verlo hoy consolidado como el artista que soñó ser, con una obra valorizada que ronda los 15 mil dólares promedio, es un gran aliciente y me llena de orgullo.
Su proceso está basado en la pasión por el trabajo, desplegando una propuesta neofigurativa contemporánea,que pone de manifiesto su innegable talento, basada en el gesto y la fuerza, con influencias de pintores colombianos como Luis Caballero y Juan Cárdenas, pero siempre centrada en el ser humano: emociones y vivencias, la rabia, la ira, lo sublime, lo espiritual, el erotismo; con un lenguaje universal, que igual puede estar en una galería enBogotá, en Florencia o en Paris, lástima que en su tierra,no exista un espacio acorde para que este valor vallenato pueda exhibir sus obras y, peor aún, que por la desidia de quienes manejan la cultura en las entidades gubernamentales, no sea reconocido como se merece.





