Croniquilla. Por la sátira de un verso.

Por: Rodolfo Ortega Montero


La rutina adormecida y lo generoso de la gente de San Lucas de El Molino convenció a Briceño, el venezolano, para que todos los días que tenía que vivir se quedara en las callejas de casas acartonadas de cal y techos con cobijas de palma en ese pueblo arrimado a la serranía.

En su país, la Guardia Civil le había pisado los talones por una gacetilla que salió de su tipografía y se fue por las calles de Caracas, protestando porque el dictador Juan Manuel Gómez mandaba moler a palos en los calabozos de La Rotunda, a los opositores del régimen. Pero Briceño logró pasar la frontera transitando de noche por los caminos serranos, hasta llegar allí cansado de montar mula y de comer tostadas con boronas de queso duro.

Fue en enero, cuando las montañas florecieron de amarillo y morado, que llegó al pueblo con una niña de ojos grandes y cabello de cobre nuevo, que pronto se hizo esbelta y bella. Cuando pasaron muchos almanaques y Briceño murió, la joven extravió su vida porque a su puerta llamaban buscando sus favores de hembra. Entonces se hacía regalar como precio de su pecado esas lágrimas de piedra que los vendedores de aretes ofrecían como diamantes.

Con los años, las gracias de su cuerpo perdían juventud, pero antes del naufragio final de su belleza apareció por aquel pueblo un botánico de apellido Vergel. Prendado quedó de ella cuando la conoció y después de unas visitas seguidas, se decidió proponerle matrimonio sin hacer reparos en el trajín que en las artes de Eros había vivido la dama de sus sueños. El padre Serrano bendijo las argollas de ese nuevo hogar respetable y cristiano.

Otro día de aquellos, añadía un año más Belisario Vence. Costumbre era en él hacer festejos de tales ocasiones en un inmenso rancho de horcones donde tenía 84 taburetes de cuero. La invitación al cumpleaños llegó para el nuevo matrimonio, no por ella sino por la fama extendida de los brebajes que para las brotaduras de la rocíola, los cólicos y los malos embarazos con hierbas mágicas preparaba el botánico Vergel, su esposo. Bien aderezada con falda de vuelo largo estaba ella, y él con liqui liqui de lino blanco y con correa de cuero que titilaba por unos diamantes incrustados, oficio que su mujer le había confiado a un zapatero. Llegaron al rancho del festejo en los momentos en que las guitarras dejaban sentir los arpegios de sus cuerdas templadas. Verseaba Negrete, un coplero viejo de amolada espuela en los cientos de duelos musicales que ocurrían por la Provincia. Cuando hizo reparo de las dos personas que llegaban, y en especial de la correa de él, soltó la estrofa que desató el huracán: “Qué bien nos luce Vergel / con su fajón de diamantes / diamantes que fueron antes / de amantes de su mujer”.

Colosal algarabía de gente a las carreras y gritos de mujeres llevadas de pánico se oían. Después fueron las detonaciones de un combate. Heroína Araujo con la voz atropellada le dio razones al cura Serrano de lo que estaba sucediendo en una calle del pueblo. Éste se levantó de la cama de ella donde se había acostado para cabecear una siesta. Dos bandos, uno de Vergel y el otro de Negrete, se medían a tiros. El cura vistió su sotana con la prisa que pudo y no perdió instantes en buscar un zapato que no estaba a la vista, y con uno puesto y otro no, se plantó en la mitad de los dos grupos que con alguna distancia se tiroteaban. El cura con la mano en alto, entre uno y otro empuñaba un crucifijo de bronce que quitó de la pared de la alcoba de Heroína Araujo, y a gritos pedía la paz, lo que fue freno seco para congelar las ansias de tragedia que tenían los enfrentados.

Días después, cuando los ánimos estaban de aire frío, citó a la iglesia a las cabezas de ese duelo callejero, y después de una dura amonestación que de sus labios vino, los obligó delante del sagrario a corresponderse con un abrazo de perpetuo olvido.

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